Cuna de una tradición.
Tradicionalmente considerada la cuna, la tierra de origen de la alfombra, Persia ha estado siempre entre las principales productoras de alfombras caracterizadas por una extrema variedad decorativa y por una esmerada realización. El periodo de esplendor de la tejeduría persa fue el safawi.
Un paso atrás
El siglo XVIII vivió un retraimiento de la tejeduría, debido a los desordenes que siguieron a la caída del imperio safawi (1722), pero vió también por un lado, la difusión de los motivos tradicionales persas en nuevas áreas, natural consecuencia de los masivos, y forzados desplazamientos de poblaciones.
Consolidación.
Con el siglo XIX se asiste en todo el territorio a una fuerte reanudación de la tejeduría de alfombras, cuyos estilos decorativos estaban ahora ya firmemente ligados a áreas y poblaciones específicas; fueron determinantes para su renacimiento las iniciativas de compañías comerciales europeas, cuya masiva petición de alfombras para exportar incentivó y condicionó la producción: mientras que, en efecto, en las principales ciudades surgían grandes manufacturas en las áreas rurales, donde los comerciantes buscaban mano de obra barata, aumentando los telares.
Inicialmente se exportaban las alfombras producidas para el uso local, con los tradicionales colores y diseños, pero con el tiempo, la producción se resintió de las exigencias comerciales y se orientó hacia modelos (a menudo de nueva concepción), que por el color, diseño y formato respondían perfectamente a las demandas de la clientela europea.
Esto comportó, a comienzos del siglo XX un gradual empeoramiento de la calidad.
Para evitar que la tradición persa fuese a menos frente a la exigencia de realizar productos cada vez más comerciales, en los años treinta el Sha Reza Palevi impulsó la fundación de un organismo con el fin de mantener vivos los diseños y las técnicas del pasado, la Sherkate Farsh (compañía de la alfombra).