Alfombras rústicas

La alfombra del pueblo

Una casa persa en el campo contiene sólo unas pocas piezas de mobiliario y las alfombras son el elemento más importante en una habitación. A menudo hay un telar en una parte de la casa donde la mujer puede ser vista trabajando en una alfombra para su propio uso o para ser vendida y así proporcionar ingresos adicionales para el hogar.

El conocimiento de esta artesanía es hereditario. Los tejedores, por lo general, sólo tienen un sencillo boceto en lugar del original y esto les permite una mayor libertad durante su trabajo. El basto hilo no permite la realización de cualquier diseño avanzado, pero la lana, que es de buena calidad, está anudada para dar a la alfombra una larga vida.

Las alfombras, no mucho mayores que Dozar (200×140 cm) estan a menudo anudadas a una urdimbre de algodón con lana hilada a mano procedente de sus propias ovejas, teñidas con colores naturales cuyos tintes han sido recogidos por los propios tejedores. La tradición y el sentimiento por los colores ha estado muy bien preservados desde las generaciones anteriores, por lo general nómadas o seminómadas.

Las alfombras de las aldeas suelen ser rústicas, preciosas, fáciles de reconocer y su nombre puede derivar de su lugar de origen, como Nahawand, Malayer, Tuiserkan. Otro ejemplo de una alfombra de aldea es la alfombra de Hamadan.

Alguien con un poco más de espacio tal vez puede poner un telar mayor y emplear unos pocos tejedores que anudan alfombras según la demanda. Un mayorista de alfombras suministra a los tejedores los patrones y los hilos. De vez en cuando inspecciona el trabajo de manera que la alfombra quede perfecta en todos los sentidos. El producto acabado tiende a ser más una alfombra de taller que una de aldea.

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